jueves, 22 de diciembre de 2011

¿Crees en el efecto mariposa?



Tira de un hilo y lo demás caerá detrás.
Cada movimiento que haces en la vida determina el que irá luego, yo ya lo tengo cada vez más claro. Lo pensaba hace más de un año y lo pienso con mucha más razón ahora.
Todo, absolutamente todo, te lleva al ahora, a este minuto, a este segundo.
...
Me encanta el efecto mariposa, porque me llevó a tí.

viernes, 8 de julio de 2011

Escribo.


Escribo... Por los caídos. Los que se fueron por obligación y los que marcharon simplemente por encontrar la ansiada "paz".
Escribo... Por los que se quedan mientras observan como otros han borrado sus pasos.
Escribo... Para recordar que una vida cuando acaba no se reduce a bienes materiales, sino a grandes emociones, a resucitar grandes momentos.
Escribo... Porque ahora nos toca a nosotros conservar su recuerdo y mantenerlos vivos.

Desde un rincón de Galicia, escribo para darnos ánimos cuando los demás están demasiado ocupados para hacerlo...

domingo, 27 de marzo de 2011

Ron Miel


¿Cómo era aquello que decían?
"Tu piel... Que me corro si me roza tu piel..."

lunes, 21 de marzo de 2011

Debe ser que será mañana.


Allí estábamos, viendo recluidos en un pequeño barco a ese cantautor que me define demasiado bien.
Y entre el público localicé tu mirada. Creí que la había olvidado, pero aún la conservas irremediablemente...
Las aguas empezaban a moverse. El barco se estremecía un poco al principio, acabando por dejarse llevar violentamente por las grandes olas, y nos arrastraba desde su interior...
Yo recuerdo que entre persona y persona, entre movimiento brusco y movimiento brusco, volvía a buscarte y te encontraba, sentado en un rincón, con la mirada serena, observando la lejanía de lo que estaba pasando fuera.
Me sentaba contigo y te imitaba (como siempre hice) y en ese momento, ambos vimos como se nos abalanzaban objetos y personas mismas arrastradas por la corriente.
- Te quiero.
Apartabas por un momento la mirada para clavar tus ojos en mí.
- Yo también te quiero. Sabía que me lo dirías, aunque aún es pronto...
Algo chocó contra el barco. El mismo suelo de una calle pedregosa nos había frenado. Allí aún no había agua y pudimos salir.
Teníamos tres calles por las que avanzar.
Tres... y elegimos la peor.
Tuvimos que descender un gran escalón. Bajaste tú primero para ayudarme desde ahí (como siempre hiciste) y entonces escuchamos gritos procedentes del fondo del camino, y agua...
Me agarré a las barras de una pequeña ventana con una mano.
- ¡Sube!
Te ofrecí mi mano. Te giraste para ver lo que nos esperaba.
- ¡Dame la mano! ¡¡Sube!!
Lloraste.
- ¡No puedo verte morir otra vez! ¡Por favor!
...
Y, no sé por qué, la frase que me dijiste a continuación, probablemente siempre se me quede grabada.
- Creí... que al menos tú te salvarías.


domingo, 13 de marzo de 2011

Guy de Maupassant - La muerta


¡Yo la había amado locamente! ¿Por qué amamos? Es raro no ver en el mundo sino a un ser, no tener en la mente sino una idea, en el corazón sino un deseo, y en la boca más que un nombre: un nombre que sube sin cesar, que sube, como el agua de un manantial, de las honduras del alma, que sube a los labios, y que decimos, que repetimos, que murmuramos sin cesar en todas partes, al igual que una plegaria.
No contaré nuestra historia. El amor no tiene más que una, siempre la misma. La encontré y la amé.
Nada más.
Y viví durante un año en su ternura, en sus brazos, en su caricia, en su mirada, en sus trajes, en sus palabras, enredado, ligado, aprisionado en todo lo que venía de ella, de una forma tan completa que ya no sabia si era de día o de noche, si estaba vivo o muerto, en la vieja tierra o en otro lugar.

Y luego ella murió.
¿Cómo? No lo sé... Hace tiempo que no sé nada.
Pero una noche volvió a casa empapada, porque estaba lloviendo intensamente, y al día siguiente tosía... y tosió durante una semana, y tuvo que guardar cama.
No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos venían, escribían y se marchaban.
Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, su frente ardiente y sus ojos estaban brillantes y tristes.
Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo!
Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro.
La enfermera dijo: "¡Ah!" ¡Y yo comprendí! ¡Yo comprendí!
Me consultaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío!¡Dios mío!

¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas... mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.



Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme por ella.

No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le quedaba bien, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.

Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal, en aquel liso, enorme y vacío cristal que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas.

Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor!

Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:

«Amó, fue amada y murió.»

¡Ella estaba ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible!

Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer?

Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad de los vivos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡

Adiós...!
Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.

Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné mi refugio y eché a andar suavemente, lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras.

¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!

No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible.

¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente cómo se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:

«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.»

El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:

«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en la miseria.»

Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.

Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:

«Amó, fue amada y murió.»

Distinguí:

«Habiendo salido un día para engañar a su amante, cogió frío bajo la lluvia y murió.»

Parece que me recogieron, inanimado, al nacer el día junto a una tumba.

martes, 15 de febrero de 2011

Galicia


Porque estos 4 meses me han cambiado, para bien o para mal.
Porque este fin de semana ha terminado por demostrármelo.
Porque sin darme cuenta he crecido donde menos lo esperaba.
Porque os he conocido.
Porque te he conocido.

Gracias...

sábado, 29 de enero de 2011

De vuelta a los sueños.


Hacía ya más de una semana que no dormía largo y tendido, así que anoche me propuse dormir hasta no poder más y que a la mañana siguiente saliera de la cama por puro aburrimiento.
Así que me acosté a eso de las 3 de la madrugada y... Dormí. Dormí y volví a soñar.
Y al despertarme a la una y media de la tarde, he recordado por qué no me gusta que llegue la hora de irse a la cama.
De nuevo me he visto salpicada por recuerdos a los que no soy capaz de hacer frente ahora, recuerdos y sus paranoias correspondientes, claro está.
Apenas logro visualizar todo lo que se me ha pasado por la mente esta noche, pero he guardado en mi cabeza una imagen de tantas en las que me veía a mí misma, tirada en una zanja, pidiendo ayuda, alargando el brazo ante la mirada de unos cuantos viandantes y... sintiéndome rechazada.
Y entonces aparecías tú y me ofrecías tu mano ante mi mirada atónita.
Cuando conseguías sacarme, nos mirábamos de arriba a abajo para descubrir que ambos habíamos retrocedido varios años y teníamos el físico de un par de críos de primaria.

No lo entenderé jamás, pero mi mente siempre me jugará malas pasadas...

viernes, 28 de enero de 2011

¿Capítulo 1?


Esta mañana me he despertado con ganas, aún habiendo dormido sólo cerca de 4 horas (que últimamente no suelo dormir más...) y he decidido ponerme manos a la obra con las motivaciones que me obligarán a quedarme.
He ido a Madrid y me he matriculado para ser monitora de tiempo libre, y como siempre que voy a Madrid, he tenido pequeñas experiencias con ciertos personajes destacables.
Me ha tocado preguntar la calle en la que se encuentra la escuela a la que acudiré a partir del 21 de Febrero en un kiosko que se encontraba cerca de la estación del metro. Cuando el kioskero ha terminado de darme las señas, me ha regalado un paquete de chicles y me ha dicho; es que me recuerdas a mi difunta hija...
Pues... vaya, qué cosas, menos mal que tú no me has recordado a mi difunto padre...
Tras eso he ido a hacer fotocopias de mi DNI y he estado a punto de comprar una lámina por 3 euros de los Red Hot Chili Peppers, pero sabía que si lo compraba, al llegar a casa no lo destinaría a una de estas paredes, así que he optado por dejarlo de lado...
Tras eso, he llegado a la escuela, no sin antes toparme con una anciana que aseguraba que dentro de ese edificio había "algo que no le huele bien".
Ni puta idea, pasando.
He llegado a la secretaria, y mientras dos de las chicas que me han atendido le atizaban patadas a la fotocopiadora, yo rellenaba la matrícula con toda la calma. Y entonces ha aparecido una bella (bellísima) mujer que venía a matricularse también y que se me ha acercado sutilmente a preguntarme en qué turno iba a estar yo para ponerse ella en el mismo (sabe dios por qué).

Quizás el espíritu luchador esté más cerca de lo que pensaba...

Volviendo a tus malas costumbres.


¿Y quién iba a pensar que a estas alturas volvería a imitar tus formas?
De nuevo, intento hundirme en el alcohol o en las drogas para no pensar lo que en tres meses se me ha amontonado sin previo aviso.
Dejo de creer en las verdades a medias y me apoyo en los gestos indiscutibles, que son lo que realmente cuentan al fín y al cabo (y lo sabes igual de bien que yo).

Os pediré un favor; El otro día perdí el espíritu luchador y ahora lo he puesto en busca y captura. Si alguien lo encuentra, por favor, que me avise en el momento, porque el espíritu resignado es un soplapollas ;)

Ojalá, como en aquella ocasión, sepa apoyarme en otro tipo de cosas que no sean droga y alcohol... Ojalá sepa, de nuevo, ser yo.

martes, 25 de enero de 2011

Recuerdos...


Hoy me ha pasado algo curioso...
Ciertas canciones siempre me han llevado a recordar pequeños y grandes momentos de mi vida (e incluso más de un orgasmo), pero que me lleven a revivir un hecho... Jamás me había pasado.
Y hoy, bajo el agua de la ducha, con Rosana de fondo, he escuchado una frase; "Comparto el alma, pero no la vendo".
Y de repente me he visto allí, comentándote esa frase, riéndome contigo, siendo una simple amiga.
Una amiga más.

Y aún a día de hoy me sigue pareciendo mentira que por una simple pregunta, acabaran surgiendo un millón de respuestas.

Gracias.


lunes, 24 de enero de 2011

¿Qué hacer cuando...?


¿Qué hacer cuando tu lavadora huele a auténtica putrefacción?

Paso nº 1: Intentar identificar la causa del olor.
Bien, una vez descubierto que era debido a restos de comida que ahí se encontraban, podemos irnos al paso 2.
Paso nº 2: Pensar en qué hacer con el agua putrefacta que se halla en el interior de la lavadora.
Correcto, tras hacer una llamada de emergencia a la madre de Kova, podemos movernos al paso 3.
Paso nº 3: Lejía. Lejía a cantidades industriales y sin cortarte un pelo con el detergente.
¿Hasta ahí todo bien? Vale, tras hacer un híbrido de olor imposible de describir a estas alturas, vayamos al paso 4.
Paso nº 4: Mete en el interior del cajetín suavizante y todo lo que pueda pasarse por la cabeza que pueda aliviar el indescriptible olor.
Genial, si te acabas de quedar con el cajetín en la mano y acabas de descubrir que bajo el mismo se encontraban toneladas de moho verde y que además has creado vida inteligente en el mismo, podemos pasar al nº 5.
Paso nº 5: Tras encajar de nuevo el cajetín, pon la lavadora.
Tras hacer otra llamada de emergencia, giramos la rueda 180º hasta que la rueda se desencaje y se nos quede en la mano. Perfecto, pasemos al 6.
Paso nº 6: Pide a tu casera otra lavadora.
Cuando te eche del piso asegúrate de que en tu nueva casa se encuentre una bonita lavadora.

¿Difícil? ;)

domingo, 23 de enero de 2011

Érase una vez...


Había una vez un rey muy poderoso que reinaba un país muy lejano.
Era un buen rey. Pero el monarca tenía un problema: era un rey con dos personalidades.
Había días en que se levantaba exultante, eufórico, feliz.
Ya desde la mañana, esos días aparecían como maravillosos. Los jardines de su palacio le parecían más bellos. Sus sirvientes, por algún extraño fenómeno, eran amables y
eficientes esas mañanas.
En el desayuno confirmaba que se fabricaban en su reino las mejores harinas y se cosechaban los mejores frutos.
Esos eran días en que el rey rebajaba los impuestos, repartía riquezas, concedía favores y legislaba por la paz y por el bienestar de los ancianos. Durante esos días, el rey accedía a todos los pedidos de sus súbditos y amigos.
Sin embargo, había también otros días...
Eran días negros.
Desde la mañana se daba cuenta de que hubiera preferido dormir un rato más. Pero cuando lo notaba ya era tarde y el sueño lo había abandonado.
Por mucho esfuerzo que hacía, no podía comprender por qué sus sirvientes estaban de tan mal humor y ni siquiera lo atendían bien.
El sol le molestaba aun más que las lluvias. La comida estaba tibia y el café demasiado frío. La idea de recibir gente en su despacho le aumentaba su dolor de cabeza.
Durante esos días, el rey pensaba en los compromisos contraídos en otros tiempos y se asustaba pensando en cómo cumplirlos...
Esos eran los días en que el rey aumentaba los impuestos, incautaba tierras, apresaba opositores...
Temeroso del futuro y del presente, perseguido por los errores del pasado, en esos días legislaba contra su pueblo y su palabra más usada era "NO".
Consciente de los problemas que estos cambios de humor le ocasionaban, el rey llamó a todos los sabios, magos y asesores de su reino a una reunión.
—Señores –les dijo— todos ustedes saben acerca de mis variaciones de ánimo. Todos se han beneficiado de mis euforias y han padecido mis enojos. Pero el que más padece soy yo mismo, que cada día estoy deshaciendo lo que hice en otro tiempo, cuando veía las cosas de otra manera. Necesito de ustedes, señores, que trabajéis juntos para conseguir el remedio, sea brebaje o conjuro que me impida ser tan absurdamente optimista como para no ver los hechos y tan ridículamente pesimista como para oprimir y dañar a los que quiero.
Los sabios aceptaron el reto y durante semanas trabajaron en el problema del rey.
Sin embargo todas las alquimias, todos los hechizos y todas las hierbas no consiguieron encontrar la respuesta al asunto planteado.
Entonces se presentaron ante el rey y le contaron su fracaso.
Esa noche el rey lloró...
A la mañana siguiente, un extraño visitante le pidió audiencia.
Era un misterioso hombre de tez oscura y raída túnica que alguna vez había sido blanca.
—Majestad –dijo el hombre con una reverencia—, del lugar de donde vengo se habla de sus males y de su dolor. He venido a traerle el remedio.
Y bajando la cabeza, acercó al rey una cajita de cuero.
El rey, entre sorprendido y esperanzado, la abrió y buscó dentro de la caja.
Lo único que había era un anillo plateado.
—¡Gracias! –dijo el rey entusiasmado— ¿es un anillo mágico?
—Lo es –respondió el viajero—, pero su magia no actúa sólo por llevarlo en tu dedo. Todas las mañanas, apenas te levantes, deberás leer la inscripción que tiene el anillo y recordar esas palabras cada vez que veas el anillo en tu dedo.
El rey tomó el anillo y leyó en voz alta:
"Debes saber que ESTO también pasará".


Parece mentira que un cuento infantil sea capaz de reflejar a tan grandes rasgos la realidad...

viernes, 21 de enero de 2011

Snow


Esta foto la hice cuando aún vivía en Toledo, en el cuarto de mi padre.
Como siempre, me hubiera gustado decir tantas cosas, expresar tantos deseos y expulsar tanta rabia que me quedé sin palabras, y tuve que recurrir de nuevo a la fotografía absurda.

Si las cosas siempre pudieran ser así... Si pudieras alcanzarlo todo rozándolo con la punta de los dedos... Bueno, no sería tan divertido en todo caso, pero de vez en cuando estaría bien poder dejar el exceso de esfuerzo a un lado.
Por una parte, en este momento de mi vida volvía a sentirme libre, volvía a conocer nuevas personas, y con ello nuevas experiencias. Pero esa libertad es tan efímera que asusta, apenas te da tiempo a saborearla.
Y sólo sé tres cosas en estos momentos:
La primera es que tenía un pelazo, que madre mía qué pelazo...
La segunda es que en la práctica las cosas nunca salen como una querría.
La tercera es que vuelvo a sentir la nieve, tus manos sobre ella y acordes atragantados.

Qué fácil sería si nos limitásemos a actuar únicamente por instinto.

jueves, 20 de enero de 2011

Ya no lo recordaba


Hacía tiempo que no dibujaba... Dos años prácticamente exactos.
No me juzguéis, nunca he sabido dibujar, pero cuando lo he hecho ha sido porque realmente necesitaba mantener mi mente alejada de todo por un rato...
Y diréis... ¿Wtf? ¿Qué cojones se dedica a dibujar esta mujer?
Sinceramente, no sé a cuento de qué me dio a las tres de ésta madrugada por dibujar a una mujer desnuda, de espaldas, frente a un espejo que refleja una interrogación de tamaño considerable.
Supongo que como siempre, la eterna duda me lleva a cometer grandes estupideces.
Estupideces con las que he sido inmensamente feliz e inmensamente desdichada a su vez... Estupideces con las que he avanzado y con las que he acabado llena de mierda...

Incluso se podría llegar a pensar que se trata de un autorretrato... Si no fuera porque ella está mucho más buena que yo.



Mismo camino


Poco después de hablar de aquello, de creencias varias, de compartir destinos, de dependencias e independencias, de conducción temeraria abarrotando el mismo camino de barro, de andar jugando de un espacio a otro, ocupando parte de nosotros mismos y confundiendo nuestros instintos, de espirales... Las encontré en la misma puerta de aquella casa de pueblo en la que tantos años he pasado.
Y espero demostrar con esto que, efectivamente, nuestros caminos los recorreremos solos, con vivencias que no compartiremos, sin confiarnos el mundo y sin ser los mejores amigos que jamás se han visto, pero uniéndonos en cierto punto de inflexión en el que necesitaremos caer de nuevo en la comodidad que sólo nosotros sabemos aportarnos, en las risas que sólo nosotros sabemos crear.

Intento demostrar con esto que a veces las cosas no son tan simples como parecen, que a veces las palabras sólo son grandes mentiras, y espero que te plantees que esto ha sido así porque deseo protegerte de tí mismo...

miércoles, 19 de enero de 2011

Atrápalo si puedes...


No es una foto muy buena. Por falta de técnica, por falta de buena cámara y por otros factores que realmente no vienen muy a cuento.

Ese "atrapasueños" lleva persiguiéndome desde hace tiempo, yendo de un lugar a otro, como yo misma...

Dícese de un objeto que recoje las pesadillas y las transforma en los más maravillosos sueños...
Y siempre pensé que si los sueños y los pensamientos pudieran ser palpables, se traducirían en algo así como en el humo de un cigarro.
Y si el trabajo de ese objeto es ese... ¿Por qué no lo lleva a cabo? ¿Por qué deja pasarlo ante él sin mostrar ningún tipo de esfuerzo por intentar cojerlo?
Quizás se halle demasiado ocupado asimilando otros tantos sueños... Quizás se encuentre saturado y ya no recuerde como llevar a cabo su trabajo.

Es increíble como hasta un simple objeto puede... reflejarse en tí.

martes, 18 de enero de 2011

Todo (o nada)


Esta foto la hice hace un rato...
Me recuerda a cierto personaje con el que me topé en extrañas circunstancias hace unos días. Aquella mujer que se apasionaba por ver cómo el fuego puede llegar a consumir cualquier cosa, cualquier material, cualquier emoción, cualquier recuerdo.
Sus palabras exactas fueron; "¿Alguna vez has observado lo rápido que se prende el plástico? Es tan efímero que una mirada apenas lo capta..."

Yo hoy me siento así, siento haber estado entre el "todo o nada"... Fui el "todo", fui y quizás me ecuentre ahora siendo la "o", pero esta tarde pretendo ser el "nada"...
Y espero que sepais perdonarme por rendirme cuando aseguré que jamás lo haría, pero creo que en parte necesito conocer la sensación que se experimenta cuando terminas de consumirte...
Yo era lo que estaba escrito dentro.
Ahora soy el papel.

Hasta la próxima vez...

lunes, 17 de enero de 2011

"Todo lo que sube..."


Recuerdo aún la primera vez que escuché esa frase; "Todo lo que sube, tiende a bajar". Me la dijo alguien que pasó sin aportar mucho más a mi vida, realmente. Supongo que eso es historia aparte. Pero sé que conocerla me llevó a sacar esta foto, a reflejar de algún modo lo que en parte me está demostrando esta etapa de mi vida, de mí misma.
¿Qué mejor modo (desde mi punto de vista, claro) de representar dicha frase que un columpio acompañado de la estación del año en la que la misma naturaleza tiende a caer?
Pero con esta imagen no me gustaría sólo exponer lo que Newton dijo en su momento.
Me gustaría decir que me da confianza el simple hecho de empujar ese columpio y saber que por mucho que tienda a bajar, vuelve a subir. Que por mucho que las hojas tiendan a caer, vuelven a nacer y a repetir el proceso.
Quizás sea la idea más estúpida en la que me he apoyado hasta ahora, pero hoy por hoy es lo que me da fuerza.
Ahora, cualquiera puede imaginar lo que le venga en gana al observar la foto, es lo bueno de la fotografía, todas son connotativas.

Y nada, para meternos en vereda creo que ya no diré mucho más.
Aquí os dejo la foto, la parrafada y mañana más y no prometo que mejor =)

Ruegos y preguntas al Ayuntamiento de Cuenca, gracias.