
Allí estábamos, viendo recluidos en un pequeño barco a ese cantautor que me define demasiado bien.
Y entre el público localicé tu mirada. Creí que la había olvidado, pero aún la conservas irremediablemente...
Las aguas empezaban a moverse. El barco se estremecía un poco al principio, acabando por dejarse llevar violentamente por las grandes olas, y nos arrastraba desde su interior...
Yo recuerdo que entre persona y persona, entre movimiento brusco y movimiento brusco, volvía a buscarte y te encontraba, sentado en un rincón, con la mirada serena, observando la lejanía de lo que estaba pasando fuera.
Me sentaba contigo y te imitaba (como siempre hice) y en ese momento, ambos vimos como se nos abalanzaban objetos y personas mismas arrastradas por la corriente.
- Te quiero.
Apartabas por un momento la mirada para clavar tus ojos en mí.
- Yo también te quiero. Sabía que me lo dirías, aunque aún es pronto...
Algo chocó contra el barco. El mismo suelo de una calle pedregosa nos había frenado. Allí aún no había agua y pudimos salir.
Teníamos tres calles por las que avanzar.
Tres... y elegimos la peor.
Tuvimos que descender un gran escalón. Bajaste tú primero para ayudarme desde ahí (como siempre hiciste) y entonces escuchamos gritos procedentes del fondo del camino, y agua...
Me agarré a las barras de una pequeña ventana con una mano.
- ¡Sube!
Te ofrecí mi mano. Te giraste para ver lo que nos esperaba.
- ¡Dame la mano! ¡¡Sube!!
Lloraste.
- ¡No puedo verte morir otra vez! ¡Por favor!
...
Y, no sé por qué, la frase que me dijiste a continuación, probablemente siempre se me quede grabada.
- Creí... que al menos tú te salvarías.
No hay comentarios:
Publicar un comentario