
Esta foto la hice cuando aún vivía en Toledo, en el cuarto de mi padre.
Como siempre, me hubiera gustado decir tantas cosas, expresar tantos deseos y expulsar tanta rabia que me quedé sin palabras, y tuve que recurrir de nuevo a la fotografía absurda.
Si las cosas siempre pudieran ser así... Si pudieras alcanzarlo todo rozándolo con la punta de los dedos... Bueno, no sería tan divertido en todo caso, pero de vez en cuando estaría bien poder dejar el exceso de esfuerzo a un lado.
Por una parte, en este momento de mi vida volvía a sentirme libre, volvía a conocer nuevas personas, y con ello nuevas experiencias. Pero esa libertad es tan efímera que asusta, apenas te da tiempo a saborearla.
Y sólo sé tres cosas en estos momentos:
La primera es que tenía un pelazo, que madre mía qué pelazo...
La segunda es que en la práctica las cosas nunca salen como una querría.
La tercera es que vuelvo a sentir la nieve, tus manos sobre ella y acordes atragantados.
Qué fácil sería si nos limitásemos a actuar únicamente por instinto.
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