Hacía ya más de una semana que no dormía largo y tendido, así que anoche me propuse dormir hasta no poder más y que a la mañana siguiente saliera de la cama por puro aburrimiento.
Así que me acosté a eso de las 3 de la madrugada y... Dormí. Dormí y volví a soñar.
Y al despertarme a la una y media de la tarde, he recordado por qué no me gusta que llegue la hora de irse a la cama.
De nuevo me he visto salpicada por recuerdos a los que no soy capaz de hacer frente ahora, recuerdos y sus paranoias correspondientes, claro está.
Apenas logro visualizar todo lo que se me ha pasado por la mente esta noche, pero he guardado en mi cabeza una imagen de tantas en las que me veía a mí misma, tirada en una zanja, pidiendo ayuda, alargando el brazo ante la mirada de unos cuantos viandantes y... sintiéndome rechazada.
Y entonces aparecías tú y me ofrecías tu mano ante mi mirada atónita.
Cuando conseguías sacarme, nos mirábamos de arriba a abajo para descubrir que ambos habíamos retrocedido varios años y teníamos el físico de un par de críos de primaria.
No lo entenderé jamás, pero mi mente siempre me jugará malas pasadas...








