miércoles, 17 de enero de 2018

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Cuando tenía 16 años, conocí a una chica en una mala circunstancia.


Yo por ese entonces ya había conseguido reunir un pequeño círculo de amistades estables y había superado las duras etapas a las que me ví sometida en el instituto y en casa un tiempo atrás.


Como viene siendo habitual, la conocí cuando nos tocó juntas en clase y me llamó la atención, por desgracia, al escuchar las burlas de otrxs hacia ella.


Ella no era muy agraciada, pero sus gestos eran preciosos. Su personalidad lo era. Sin embargo, estaba sola. Por aquel entonces, yo había conseguido ser la típica "alumna neutra" y pensándolo egoístamente, me arriesgaba a perder los beneficios que eso me otorgaba, así que durante unos cuantos días... Callé.


La cosa fue a más, cómo siempre, porque nadie intervenía, porque nadie hacía nada.

Un día le tiraron el pupitre al suelo y le rompieron sus dibujos.

Mientras la clase callaba, ella lloraba y yo sólo podía pensar "yo también estuve ahí, yo también necesité ayuda". Fue cuando me levanté, recogí su pupitre y le dije; "quiero ser tu amiga y quiero que me enseñes a dibujar".


Sí.


Así de cutre fui.


Evidentemente nos empezaron a machacar a las dos, pero yo siempre les contestaba, mientras ella permanecía detrás. Cuando todo acababa, entre risas, me decía: "¡pareces mi novio!" y eso siempre me irritaba.


Aprendimos a cocinar juntas platos japoneses; éramos un par de frikis redomadas, ella me pasaba anime, yo le recomendaba manga y reía poco por falta de autoestima y confianza, pero cuando lo hacía te contagiaba.


Con el tiempo, yo me mudé y tomamos distancia. Sin más.


Hoy, ella se ha ido.


Con 25 años.


Con su sueño recién iniciado.


Con su sonrisa contagiosa.


Todo se ha ido.


Y nunca tuve oportunidad de decirle que, 7 años después, seguía recordándola.


No es justo.


No es justo.


No es justo.


No es justo.


No es justo.


No es justo.


No es justo.


No es justo.


No es justo.


No es justo.

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