jueves, 29 de mayo de 2014

Érase una vez...

Hace un par de meses recordé un cuento que mi padre me leía cuando era un retaquito (y no tan retaquito).

Recordaba que iba sobre alguna clase de mujer de la realeza, o algo por el estilo...
También recordaba que ella tenía un hijo... Era una versión infantil de una historia no tan infantil.
Pero el contenido para mí no es realmente lo importante, sino los recuerdos tan agradables que me trae (y me traía).

Recuerdo que lo cogí de la biblioteca pública, pero no encontraba esa edición para comprarla en ningún lado, y un día, mi padre lo volvió a coger y me trajo una edición encuadernada que él mismo había imprimido de la original.
No lo hizo a color, sino en blanco y negro... Y ambos nos tomamos la molestia de colorearlo juntos.

Mirando hoy nombres celtas de mujer, encontré el de "Genoveva" y automáticamente lo recordé; "Genoveva de Brabante".
¡Lo que son las cosas! ¡Cuando ya lo estaba dando por olvidado! 

Lo que me llevo de ese cuento es el grandísimo valor que tienen los pequeños detalles. Las grandes lecciones que transmiten y los buenos recuerdos que consiguen dejar, aún a pesar de los años.

Por enseñarme y mostrarme siempre el valor de esas pequeñas-grandes cosas... Gracias.


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