Me gustan los días grises como el de hoy. Me gusta el repiqueteo de la lluvia contra los cristales.
Me gusta más salir a dar una vuelta cuando el sol no está, para escuchar aún más de cerca el relajante sonido de las gotas contra mi destartalado paraguas.
No soy una persona negativa, por supuesto, pero más de uno me ha tachado como tal cuando he dejado caer mis gustos... meteorológicos.
Los días grises no son malos.
Los días grises conllevan un ambiente fresco por lo general, aceras más vacías para poder caminar, tés calentitos en la terraza cubierta de algún bar, besos húmedos en rincones de la ciudad...
El día que tú te fuiste coronaba el cielo un sol espléndido.
¿Quién podría decirme ahora que los días grises son decadentemente tristes?
